Entrevista a Mike Oldfield para la revista Q Magazine, (por Ben Mitchel).
Original publicado en inglés. Transcripción y traducción: www.MundoMikeOldfield.es
Mike Oldfield es un hombre con muchos problemas. Contestar preguntas que empiezan con “por qué…” es sólo uno de ellos. Oldfield está pasando la semana visitando Bikini, una cadena de islas en las Bahamas, y explora la región a bordo de su inmaculado yate de lujo de setenta pies. Sentado en un restaurante próximo a la marina en una mañana nublada tropical, se vuelve extrañamente animado cuando habla sobre su biografía de 2007, Changeling. El libro aborda su juventud y los inicios de su carrera con detalles exhaustivos, particularmente el período cuando, siendo un multi-instrumentista de 20 años, Oldfield se vuelve una superestrella reacia tras su éxito de rock progresivo experimental de 1973, Tubular Bells. Es lógico preguntar por qué los años comprendidos entre 1999 y 2006 ocupan sólo doce páginas.
“Bien”, dice. “¿Por qué, por qué, por qué, por qué?” Si hubieras sido tan amable de leer el libro sabrías claramente que no contesto preguntas que empiezan con por qué. Es… [agotado]. ¿Cómo empiezo a explicarlo? ¿Nunca haces nada espontáneo? Simplemente, yo sí.”
Subsiguientes menciones al interrogativo prohibido serán contestados con “dijiste la palabra de nuevo”, una retahíla de “¿por qué, por qué, por qué?” o simplemente una mueca. Oldfield explica que su pesadilla particular proviene de la entrevista que tuvo mientras promocionaba el lanzamiento de Tubular Bells.
“Fue tan horrible. Una experiencia dolorosa. El entrevistador me preguntó por qué escribí Tubular Bells. Sopesé mi respuesta unos veinte minutos y no puede dar una razón, lo que le molestó.” Oldfield rehusó a participar en ningún acto mediático posterior.
Hoy, sereno para hablar sobre el relanzamiento de este año de Tubular Bells, es más pletórico. “Quizá podamos sentarnos tranquilamente durante diez minutos”, dice cuando siente la necesidad de ordenar sus pensamientos, aunque esta intermisión está rellena de otras recolecciones de otros encuentros con otros medios y un alarde orgulloso de la nueva actitud de su hijo de 5 años, Jake, para nadar.
Aparentemente al fin, el de 56 años es un modelo de satisfacción, un músico de mediana edad grandiosamente exitoso. Está bronceado, luce un Rolex plateado y parece sano desde un punto de vista corpulento. Como evidencian las bermudas cacahuete que más tarde se remojaron en una piscina contigua, él es sumamente natural. Oldfield es propietario de una casa cerca de Gran Bahama, pero esta residencia actualmente permanece desabitada. El barco, recientemente comprado de segunda mano por dos millones de dólares, es ahora su casa permanente para él y su familia: su segunda esposa Fanny, dos niños, su niñera y un spaniel field llamado Fluff. Hay un estudio portátil en el barco, pero Oldfield no tiene planes para crear más música y tiene poco interés en el trabajo de otros artistas. “Odio la música”, dice. “El silencio total y completo es mi música favorita.”
El más joven de los tres niños, Michael Gordon Oldfield nació en Reading el 15 de mayo de 1953. Disfrutó de una infancia placentera “hasta la edad de los 5 años.” Entocnes, recuerda: “todo se volvió loco”. Su padre, Raymond, era doctor. “Solíamos montar aeroplanos de juguete juntos”, dice. “Era estupendo”. Su madre, Maureen, trabajaba como enfermera, pero cayó en una depresión y fue ingresada en el Mental Health Act durante veintiocho días, cuando Oldfield tenía 9 años. Como su estado empeoraba, siguieron tratamientos menos convencionales –incluyendo un exorcismo dirigido por el párroco local- pero nada sirvió. Infeliz en casa e inadaptado en la escuela, Oldfield encontró un escape en la guitarra, y comenzó así a interesarse por otros instrumentos que probó junto a su hermana, Sally, en un dúo folk, a los 15 años. Su hermano, Terry, conducía la furgoneta. Oldfield pronto decidió que quería ser solista y grabar una maqueta él solo. En ese momento, los padres de Oldfield se divorciaron, dejando a su madre en tratamiento médico y con problemas alcohólicos.
Incluso con el ambiente reinante de experimentación sin censuras, ninguna empresa grande se interesó por la compleja maqueta multi-instrumental de Oldfield. Fortuitamente, el empresario jipi Richard Branson y su colega Simon Draper iban a abrir su discográfica Virgin Records, y ofrecieron a Oldfield algún tiempo en su estudio. El 25 de mayo de 1973, Tubular Bells se convirtió en el primer lanzamiento de Virgin. Maureen Oldfield murió en enero de 1975 [en realidad murió en enero de 1974, NOTA DEL TRADUCTOR], justo cuando su hijo estaba buscando su sitio en el mundo. Tubular Bells vendió más de dieciséis millones de discos, triunfó en América, alentado por su uso en la película de terror de Williams Friedkin, El exorcista. “Eleva la moral; lo contrario a cómo me sentía”, dice. “Estaba al borde de una enfermedad mental.”
Todavía se tambaleaba de un terrible viaje ácido en los 70 durante el que vio a la gente –él mismo incluido- como máquinas biológicas anónimas funcionando en un inconmensurable universo. “Flipé. Todo lo que vi… Desconecta el cerebro humano. Mi cuerpo automáticamente hace lo que yo digo, sin incluso pensarlo. ¡Qué máquina tan increíble! Mira, mira cómo funciona.”
Coge unas gafas, mueve sus manos bruscamente delante de su cara y las mira fijamente. “Puedo ver estas cosas ahora sin asustarme.”
Lo que es ligeramente desconcertante en Oldfield es cómo habla de su agónico período en su vida pero, cuando salimos a tomar un cigarrillo, todo intento de mantener una conversación es repelido torpemente y cambia de tema hacia su barco. De nuevo dentro, se acerca la hora de comer y el restaurante se llena de hombres fornidos, pescadores americanos. La grabadora se acerca a Oldfield, que la rechaza. Esto ocurre constantemente: Oldfield bromeando hasta cansarse del juego. Regresando a la entrevista, remarca su curiosa habilidad para predecir desastres inminentes, como hizo en la mañana del 11 de septiembre.
“No es como una premonición”, explica. “Simplemente me siento enfermo psíquicamente y muy incómodo. Cuando eso pasa, pongo la CNN y pienso: de acuerdo, ¿qué va mal?”
La última vez que pasó fue en enero, cuando un Airways americano se estrelló en el Hudson River de Nueva York. “Todos sobrevivieron”, dice. “Yo ya lo sabía antes.”
No es tan vidente en asuntos menos místicos como cuánto dinero ganó con Tubular Bells. “No voy a hablar de dinero. No. No. No”, dice. “Bastante para vivir bien. Gracias, Tubular Bells.”
Por los convenios de la industria, Oldfield debió dar conciertos para promocionar Tubular Bells, pero él se sentía muy frágil. Propenso a los ataques de pánico, guarda una caja de Valium en su cartera. La presión para repetir el éxito de Tubular Bells se materializó en Hergest Ridge. Se publicó en 1974 y fue derecho al número 1 en Inglaterra, pero Oldfield sigue sorprendido. “Aún no me gusta”, dice. “Quería salir a jugar con las maquetas de aviones.”
Según avanzaba la década y emergió el punk, Oldfield comenzó a sentirse fuera de lugar tanto con su discográfica como con el público. El virtuosismo dejó de estar de moda, y Virgin abanderó la revolución musical contratando a los Sex Pistols en 1977. A pesar de ser un veintañero, sus detractores más acérrimos le apodaron Mike “Oldfart” [Mike “Pedoviejo”]. “Estoy harto y cansado de hablar de eso”, dice cuando se le pregunta si ese apodo hirió sus sentimientos. “Fue hace tanto tiempo que no puedo estar molesto.” Las siguientes preguntas de ese estilo son recibidas con un staccato [“picado”, en términos musicales] “Punkpunkpunkpunkpunk”, que al final cambian a otro salvo de “por qué, por qué, por qué…”. Oldfield mantiene que se ha sorprendido por la obsesión británica por el punk. “No se escucha nada sobre él en ningún otro país. Punkpunkpunk. Es como un pollo. Pero tienen que darme las gracias por el punk-rock porque [a través de Virgin] lo financié.” Se permite reír entre dientes.
En 1978, Oldfield decidió afrontar su profunda infelicidad yendo a un seminario de tres días de Exégesis. Polémico hasta el abuso, esta forma alternativa de terapia de choque obliga a los participantes a afrontar sus demonios interiores. En el punto cumbre de la sesión final, un aullante Oldfield se encontró a sí mismo reviviendo vívidamente el trauma de nacer. “Fue duro, pero tiene que ser así”, asegura. “Es como sufrir un transplante de corazón; todos los dientes sacados y ambas piernas amputadas. Me permitió dejar de estar asustado de la vida.”
Oldfield inmediatamente empezó a tener un carácter más amable. Se agujereó las orejas, posó desnudo para un semanal británico y se embarcó en un matrimonio de tres meses con Diana Fuller, la hermana del fundador de la Exégesis, Robert D’Aubigny. “Tuve una fase increíblemente sociable”, dice. “luego, mi naturaleza normal afloró y me volví antisociable.”
Aún así, en combinación con varios años de psicoanálisis convencional para “ordenar toda la basura en la despensa”, algunos de los efectos han perdurado. Oldfield parece entusiasmado en dejar claro que se reafirmará si es necesario: repite dos veces la frase, “si alguien me molesta, se lo diré.” Esta actitud debe complicar el hacer amigos, pero aparentemente no le preocupa. “No tengo ningún amigo,” dice. “Siempre he desconfiado de la gente. De todo el mundo excepto mis abogados. Tengo unos diez diferentes. Confío en ellos; yo les pago.” Continuando con lo de que él realmente no tiene ningún amigo, Oldfield admite que mantiene “algo de contacto con Richard Branson.”
Paradójicamente, el único amigo de Oldfield es alguien con quien tuvo una historia tormentosa. El antagonismo hacia Branson estalló por los derechos de autor en el contrato original por diez discos de Oldfield, consecuentemente negociados para su satisfacción con un acuerdo para hacer tres discos más. Pero Oldfield empezó a sentirse abandonado por la discográfica. El penúltimo disco para Virgin, el deliberadamente anticomercial Amarok, contiene un mensaje en código MORSE para Branson escondido en la única pista de una hora de duración: “Que te jodan, RB.” “Así era cómo me sentía entonces; no es cómo me siento ahora”, dice Oldfield. Su antiguo jefe no le guarda rencor. Virgin Atlantic todavía tiene un Boening 747 en servicio llamado Tubular Bells, y Oldfield tiene vuelos en primera clase gratis de por vida.
A finales de los 90, continuando con una sucesión de amores fallidos, Oldfield trata de encontrar el amor verdadero anunciándose en el Sunday Times y en el periódico sueco Expressen. No hubo escasez de ofertas, pero al final Oldfield se casó con su actual esposa, Fanny Vandekerckhove, una francesa veintitrés años más joven que conoció en Ibiza. Además de sus dos hijos, Oldfield también tiene otros niños de varias relaciones. “Me siento lo suficientemente maduro para ser papá ahora”, dice.
Explica cómo haberse ido de Inglaterra le ha ayudado, y comienza a enumerar lo que no le gusta. Una puntualización de que estábamos hablando de sus niños es repelida: “Sí, escucha lo que quiero decir”, dice. Oldfield comienza a despotricar sobre el estado actual de Inglaterra, según él, una sociedad de niñatos de regulaciones sanitarias y protectoras absurdas donde cada movimiento se registra en cámaras de seguridad. Eventualmente vuelve a reflexionar sobre sus fallos anteriores como hombre de familia: “Estaba loco. Estaba enfermo y obsesionado con la música. Amenacé a un productor de la BBC si cortaba un segundo de Tubular Bells en un programa televisivo. Posesión demoníaca con música.”
¿Entiende eso ahora su hijo mayor? “Probablemente no”, dice. “Quizá cuando lleguen a mi edad lo entiendan. Me gustaría que me dijeras un artista que realmente triunfó, que realmente lo hizo bien, si tuvo una vida familiar feliz.”
En los 80 calculó que él les había costado a sus padres veintiocho mil dólares al criarle. Puso esa cantidad en un maletín y la entregó en la consulta de su padre.
Ciertamente Oldfield parece estar más contento con su nueva vida marítima. Una vez más, una simple pregunta de si es feliz no desemboca en un simple sí o no. “La gente cree que está genial hacer música y ganar dinero”, dice. “Está bien equilibrado por todas las cosas negativas que hay que afrontar: estar asustado, años sin poder dormir por las noches, paranoia, aliviar los sentimientos con alcohol o drogas porque el mundo es demasiado intenso. Tengo momentos de maravillosa felicidad, pero todavía hay mucho estrés con el que tengo que lidiar.”
La entrevista termina; Oldfield asegura que está extenuado. “Tengo que bucear en recuerdos que fueron superados hace tiempo, así que es una presión mental”, dice. “Tengo que marcharme y navegar por el océano.”
Viajamos durante cinco minutos con el carrito de golf –el medio de transporte local preferido pues la isla de siete millas sólo tiene una carretera- hasta una playa totalmente desierta. Hay una tormenta a lo lejos, pero por ahora el cielo está calmado y la arena blanca es inmaculada. Oldfield se dirige al suave romper de la ola y se baña en aguas poco profundas. Cierra los ojos para sentir el sol en su cara y disfruta de lo que es, presumiblemente, un momento de “maravillosa felicidad”. Hay que reconocer que hay peores maneras de pasar el atardecer.
“¡Eh!”, exclama. “¿Quieres decir que no tienes que preguntarme por qué?”










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