La edición digital del diario británico Te­le­graph acaba de publicar una entrevista a Mike Oldfield con motivo de las nuevas ediciones de Tubular Bells.

Además, la entrevista incluye una fotografía reciente del músico británico navegando por las islas Bahamas, lugar de su residencia familiar.

A continuación os adjunto la traducción al castellano de la entrevista:

Mike Oldfield

El relanzamiento de Tubular Bells ha reabierto viejas heridas.

En la isla de Bimini, una mota de tierra semiolvidada en las Bahamas, Mike Oldfield y yo desayunamos. Estamos en un restaurante donde el servicio vestido con chaquetas blancas parece superar en número a los invitados por cuatro a uno; fuera, en la piscina, una pareja americana de ancianos pasea. Después de un inicio del día tormentoso, ha salido el sol, pero las tumbonas están vacías.

Oldfield ha pedido zumo de naranja, huevos, bacon, bollo inglés y café. Es un hombre robusto y bronceado de cincuenta y seis años, y lleva una camiseta blanca, pantalones cortos y sandalias. Suda y no para de moverse, y sus vívidos ojos azules me miran directamente.

Le acabo de hacer una pregunta, y él se ha parado por tanto tiempo que ya no estoy seguro de si me ha oído o entendido. Oldfield fue una persona profundamente problemática cuando tenía veinte años, aquejado de incontables ansiedades, terrores y fobias, bebiendo muchísimo para embotar su hipersensibilidad, aturdido por los efectos a largo plazo de un mal viaje de LSD, y en estado de shock tras el éxito de su rompedor primer álbum, Tubular Bells, que ahora se remezcla para su relanzamiento. Me pregunto, si pudiera volver atrás y hablar con su yo más joven y torturado, qué le diría.

Excava en su desayuno y enarca su ceja. Larga pausa. Tendría que pensar mucho acerca de eso.

Otra pausa.

Por desgracia, las cosas que podría decir no serían positivas.

Más silencio. Finalmente, algunos minutos después: Los problemas más grandes tuvieron que ver con… bueno, tener aquel éxito siendo tan joven, eso atrae oportunistas, parásitos, gente que quiere aprovecharse de ti. Pensaba que a la gente yo le gustaba de verdad, pero en realidad lo que les gustaba era mi dinero.

Otra pausa.

Probablemente le diría a mi yo joven, hazte con una colección completa de abogados. Que es lo que tengo ahora. No tengo amigos: tengo abogados. La última vez que conté tenía quince equipos diferentes para todo tipo de problemas. Y puedes confiar en ellos porque los estás pagando. Sé que suena muy negativo, pero ése es el mundo en el que vivimos.

Entonces señala hacia el puerto cercano, donde está su lancha de tres millones de libras, y se anima: Además, creo que me habría dicho a mí mismo que saliera al mar mucho antes, y no esperar hasta los cincuenta [tomó contacto con el océano hace unos pocos años, durante su estancia en Mallorca]. Y aún quedan un montón de cosas negativas, supongo, pero todas desaparecen mientras están en el océano, sólo contemplando: hace que todo valga la pena.

A bordo de su barco están su joven Esposa, Fanny, y sus dos hijos pequeños, de cinco y un años (tiene nueve hijos en total, de diferentes parejas: de ahí, dice él, tanto abogado), y su niñera. Pronto estarán en el mar hacia el sur de México, donde hay una cadena de islas, y donde la familia Oldfield pasará el invierno.

Además de llevarle a localizaciones exóticas, su barco satisface su fascinación por los motores y los ingenios mecánicos que empezó cuando Oldfield era un niño que hacía maquetas de aviones con su padre, y que también se manifestó en el extraordinario proceso y la tecnología de grabación que permitió hacer Tubular Bells.

La historia detrás del álbum de Oldfield merece la pena. A primeros de los setenta se había hecho un pequeño nombre como miembro de la banda de Kevin Ayers, pero no había rastro aún del rompedor trabajo que iba a emerger intacto de su cerebro febril: Estaba todo en mi cabeza, dice él.

Pero partiendo de la base de algunas demos grabadas con una grabadora modificada con ingenio, firmó un trato con el jefe de Virgin Records Richard Branson. Engatusado por el recientemente creado estudio The Manor, Oldfield grabó el meollo del álbum en una semana, todas las pistas de guitarras y otras partes, con un poco de ayuda de músicos de sesión y el famoso Viv Stanshall (Plus… tubular bells!).

Aunque era la época del rock progresivo y la experimentación, nunca se había oído nada como eso: repetitivo, hipnótico, multicapas, y con momentos de sobrecogedora y trascendente belleza.

Lanzado sin ninguna publicidad, arrancó despacio, por boca a boca, y a través de la radio con DJs como John Peel; ayudó, en todo caso, que en 1974 una sección se usara como tema de la película El exorcista, dominó las listas de ventas durante años y su música instrumental tuvo un éxito internacional.

Oldfield estaba hecho: y se había precipitado a una espiral de angustia de la que sólo ahora parece que está emergiendo. Ya no tengo la paranoia de antes, dice mientras nuestro camarero trae más café. Supongo que es cosa de la edad. No digo que me esté volviendo senil, pero cuando era más joven tenía una sensibilidad increíble; supongo que había demasiadas células cerebrales, o estaban organizadas de la forma equivocada, y se han reorganizado ellas solas, o he perdido un montón por el abuso del alcohol y otras sustancias. Ahora puedo ir tirando sir estar aterrorizado. Quizás simplemente me he acostumbrado a ello.

El año pasado, el trato de Oldfield con Virgin de treinta y cinco años llegó a su fin, Tubular Bells volvió a ser de su propiedad, y por eso lo ha remezclado y relanzado bajo el sello Mercury de Universal en varios formatos, incluyendo una fantástica y nueva deluxe edition, un box set que contiene la más reciente versión remasterizada además de la mezcla original, un fascinante libreto y otras curiosidades.

La versión remezclada se ha presentado como un restaurado Old Master, con detalles revelados que habían sido enterrados en la mezcla, o detrás de los hum que Oldfield decía a lo largo de las cintas.

El proceso de remezcla le ha traído recuerdos, tanto agradables como oscuros, del proceso de grabación y después.

Para empezar, ha traído de vuelta cosas malas, porque recordé lo infeliz y asustado que estaba en mi vida de aquel entonces. Pero cuanto más trabajaba en ello, más me daba cuenta que no sonaba a eso en absoluto: suena como alguien que es totalmente confiado; es muy, muy edificante. Nunca sospecharías que un alma tan torturada había producido eso.

Todo en Tubular Bells se hizo en la primera toma: era encantador, tan espontáneo. Había pasado tanto tiempo preparándolo, y tenía sólo una pequeña oportunidad para hacerlo, y ahora lo escucho y tiene esa energía encantadora y espontánea. Tiene fallos, y podría haberlo quitado fácilmente, pero los dejé.

Oldfield ha hecho mucha más musica en estos años, pero para todo el mundo, más allá de su banda internacional de fieles seguidores, siempre será el señor Tubular Bells. Y no tiene ni una pizca de resentimiento.

Si fuera conocido por una cosa terrible, como alguna horrible canción pop, me fastidiaría, pero no es así. Estoy orgulloso de ello.

Ya no guarda rencor hacia el punk revolucionario que metía a Oldfield en el mismo saco que los llamados dinosaurios del rock y trataba de relegarlo a la historia de la música.

Recientemente estoy intentando entender qué es exactamente el punk, dice, todavía sorprendido más de treinta años después. Estaba pensando en John Lydon, y de repente me di cuenta de que es el típico excéntrico inglés, un poco como Patrick Moore, ocultándolo como una cosa terriblemente peligrosa y desagradable.

Pero ya no me molesta. Nada me molesta ya. Simplemente estoy asombrado y agradecido de que todavía se me respete y se me escuche. Es fantástico, ¿verdad?

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