Siguiendo con la serie de artículos y entrevistas más o menos antiguas, he seleccionado un texto que en su momento se publicó en el blog anterior, aunque creo que sin traducción. Es un artículo donde Mike reflexiona, a partir de una foto de su madre, sobre ella, su infancia, sus problemas emocionales, y sobre la relación entre ambos.
Algunos datos son verdaderamente escalofriantes, y ayudan a entender los problemas de carácter que hasta hoy viene sufriendo Mike. Yo al menos, después de leerlo, confieso haber desarrollado una suerte de comprensión, mezclada con tristeza y empatía, por un Mike niño que tuvo que haber sufrido lo suyo ante los acontecimientos que se relatan en el artículo.
Un saludo y, como siempre, disculpas por los eventuales errores de traducción que pueda haber.
“La foto que cambió mi vida”
“Cuando revisaba las fotografías de un album familiar para mi autobiografía, encontré esa foto de mi madre, Maureen, que no había vuelto a ver en años, y me encantó porque me trajo recuerdos felices, antes de que empezaran todos los problemas.
Mi madre tendría veintitantos años en esa época (la de la foto). Le encantaba el agua de lirios, y solía bailar pasos irlandeses, haciendo flotar en el aire su cabello marrón oscuro. Era enfermera, y parecía feliz la mayor parte del tiempo, siempre se estaba riendo. La fotografía me hace recordar sus besos y abrazos, el olor de su flores favoritas, y cuando escuchaba sus cuentos para dormirnos. Era irlandesa, y le gustaba sentarse y recitar cuentos épicos que su familia se pasaba de generación en generación. Esas historias podían durar horas. Esos primeros años fueron muy felices, cenas familiares en torno a la mesa, maravillosos asados los domingos, y pescado los viernes puesto que era católica.
Todo eso cambió cuando tenía unos 8 años y mi mamá dio a luz a un bebé. Creo que le llamaron David. Mi papá, Raymond, que era médico de cabecera, vino a casa desde el Hospital, nos dijo a mi hermana Sally y a mí que el bebé nació con un problema cardíaco y había muerto. Años más tarde me enteré que esa no era la verdad. El bebé tenía Síndrome de Down y mi mamá no quiso traerlo a casa. El bebé vivió más o menos un año.
Al final, mi madre volvió a casa, y fue en ese momento cuando se desmoronó. Me despertaba a la madrugada y escuchaba esa especie de aullido que seguía, y seguía… Entonces se escuchaba el timbre de la puerta. Era su médico que acudía urgentemente armado de pastillas para ayudarle a dormir.
Fue justo antes de cumplir los 9 años cuando mi madre fue internada en una institución siquiátrica, el Fair Mile Hospital, cerca de nuestra casa en Reading, Berkshire. El lugar daba miedo (estaba lleno de gente que miraba de forma muy extraña que permanecía sentada balbuceando, o caminando como zombies. Siempre me ha dado miedo la locura. Supongo que no quise terminar como mi madre.
La eché de menos cuando se fue. Mi padre se encargó de cuidarnos a mí y a mis hermanos mayores, Sally y Ferry, pero nuestra casa parecía vacía sin ella. La ausencia de una madre es algo muy importante para un niño, pero después de pasar años desde que se fue, terminas aceptándolo. Ella se iba al hospital, luego regresaba, todo volvía a estar bien durante un tiempo, y entonces, una noche, volvía a suceder todo otra vez.
Maduré muy rápido y la música se convirtió en mi refugio. También en mi salvación, porque nunca encajé en el colegio, sino que hice amigos más mayores en los clubs donde iba a tocar la guitarra y a escuchar música desde los 13 años. También empecé a experimentar con drogas.
Creo que esas primeras experiencias pulsaron varios interruptores en mi cerebro. Empecé a sufrir ataques de pánico, hasta el punto de llegar a sufrir un colapso mental con 18 años, en un viaje a Holanda. Sentía pánico, no podía comer, me volví totalmente histérico. De alguna forma conseguí volver a Inglaterra y simplemente me retiré a la casa de mis padres en Hornchuch, en Essex, a donde se habían mudado cuando tenía 13 años.
Pasaba la mayor parte del tiempo en la cama, incapaz de hacer nada. Recuerdo que era primavera porque al final conseguí levantarme y pasear, y ver los azafranes y las orquídeas salvajes de los jardines. Fui a ver al doctor que me dio Valium, pero me aterrorizaban los medicamentos porque los asociaba con la enfermedad mental de mi madre
Tras el colapso me obsesioné aún más con la música. Era muy retraído, y no fue hasta que escribí el Tubular Bells en 1973, a la edad de 19, que fui capaz de liberar mis miedos y mis emociones.
Curiosamente, mi madre me cuidó muy bien durante las pocas semanas que duró mi enfermedad. Eso le dio a ella un propósito para su vida, y reflotó en ella todo lo que había aprendido como enfermera. Pero no pasó mucho tiempo después de mi depresión cuando mi padre decidió irse de casa. Mi madre quedó destrozada y la despidieron de su trabajo de enfermera por ir borracha al trabajo. Nunca más volvió a trabajar, simplemente se quedaba en casa sola. En sus últimos años se quedaba allí, sentada y fumando. Te partía el corazón verla así.
Mi madre falleció cuando yo tenía 22 años. Cuando me enteré, vino a mi cabeza la imagen de un cordón umbilical enorme, grueso, como una serpiente, que era cortado. Solo pude creer realmente que había muerto cuando fui a su casa y vi esa silla, que estaba cubierta de quemaduras de cigarrillo, vacía, y tras ver su ataúd en el crematorio. El forense registró su muerte como accidental, pero yo creo que pudo haberse suicidado. Pero nadie lo sabe con seguridad.
Durante mucho tiempo después, sentí la presencia de mi madre a mi alrededor. Era tranquilizadora. Ahora se que hay una predispoción genética hacia las enfermedades mentales en nuestra familia. Eso no significa necesariamente que se desarrolle, pero puede hacerlo. Tengo ocho hijos, y espero ser capaz de entender lo que les ocurra si alguna vez pasa.
Mis demonios aún están merodeando por ahí, pero, gracias a que soy capaz de hablar de ello fácilmente con mi esposa Fanny, una criadora de caballos, ahora ya no toman el control ni fastidian como solían hacer. Mi imaginación goza de una salud impresionante. Es enorme, es genial. Creo que la heredé de mi madre. Aún puedo escucharle recitar esos poemas largos, épicos, cuando miro esa fotografía. Pobre mujer, nada de lo que sucedió fue realmente culpa suya”





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